Leyes, nubes toxicas y diluvio nacional.


Ayer 6 de diciembre quedo demostrado que la Ley no es más que el molde que el poder modifica a su gusto. El poder no es el estado, sino las corporaciones que condicionan al estado y que negocian con el mismo por el simple beneficio económico.
Lo gracioso es que la ley solo se aplica a los peones, y son ellos los que se mueven dentro de ella y cumplen con su proceso burocrático. Pero el problema no es quien la cumple y quien no, el problema es su propia existencia, su falsa validez.
Se cree que para volver algunas medidas más “validas” que otras se debe hacer todo cumpliendo con los requisitos impuestos por “la sociedad”, pero nadie se cuestiona como es que surgió todo este modelo de vida, simplemente se trata de ir modificándolo de acuerdo a las necesidades de la época.
¿Cuál es el error? El error es que a cualquier avance que se haga “con todas las de la ley” se lo puede contrarrestar con una imposición del poder dominante. Aunque un gobierno logre modificar una ley cumpliendo con todos los requisitos se podrá retroceder perdiendo las elecciones frente a los trogloditas títeres del libre mercado, ellos no se preocupan por cumplir, ellos llegan y firman con el poder. Los títeres no consultan, simplemente hacen un bollo de papel con las modificaciones progresistas y escriben lo que el poder les dicta.

Lo absurdo aquí no está en lo disfuncional de la ley. Lo absurdo es la ley en sí misma. Lo absurdo es la creencia global de que existe una “necesidad” de ser regidos, controlados, dominados y juzgados. Todo se justifica con la ridícula distopia sobre un mundo caótico donde el ser humano sin control saldrá a las calles a patear cabezas y orinar sobre ancianas.

Por simple reflexión individual pareciera imposible que un gran número de personas comprenda lo absurdo de someterse como conjunto a ser administrados regional y mundialmente.

En un mundo donde el principal valor es el dinero y el consumo todo lo que se haga será provisorio y nunca será un cambio de raíz por el bien del conjunto humano. Entonces lo único que podrá ser el andamio de un nuevo mundo es el total descreimiento de las formas organizativas y del sistema de valores de este mundo. Para eso debería lograrse un total rechazo al mundo de las comodidades y el consumismo. Ese mundo que nos distrae del único registro capaz de despertar esa fuerte necesidad de cambio, capaz de unirnos por encima de toda divergencia coyuntural:
Sentirse humano y sentir lo humano en el otro.


“Sentir lo humano en el otro, es sentir la vida del otro en un hermoso multicolor arco iris, que más se aleja en la medida en que quiero detener, atrapar, arrebatar su expresión.
Tú te alejas y yo me reconforto si es que contribuí a cortar tus cadenas, a superar tu dolor y sufrimiento.
Y si vienes conmigo es porque te constituyes en un acto libre como ser humano, no simplemente porque has nacido «humano».
Yo siento en ti la libertad y la posibilidad de constituirte en ser humano.
Y mis actos tienen en ti mi blanco de libertad.
Entonces, ni aun tu muerte detiene las acciones que pusiste en marcha, porque eres esencialmente tiempo y libertad.
Amo, pues, del ser humano su humanización creciente.
Y en estos momentos de crisis, de cosificación, en estos momentos de deshumanización, amo su posibilidad de rehabilitación futura.”
Silo. TORTUGUITAS. BUENOS AIRES, ARGENTINA, 01/05/83

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